Este texto –un fragmento de novela que se sostiene perfectamente por sí mismo, y narra una historia apocalíptica, aterradora, mordaz– es del escritor mexicano Gonzalo Soltero (1973). Tomado de Sus ojos son fuego (2014), se publicó inicialmente como parte del proyecto La imaginación en México, coordinado por Raquel Castro y yo mismo, del que seguimos retomando textos para este sitio, para celebrar su 20º aniversario.
Gonzalo Soltero es autor de ocho libros y colaborador esporádico de medios como Letras Libres, Nexos, La Tempestad, Replicante y Reforma, entre otros. Ha recibido distinciones como el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoita, una Newton Advanced Fellowship de la British Academy y el Premio Banamex a la Evolución en Internet. Es profesor fundador de la Escuela Nacional de Estudios Superiores, Unidad León (UNAM), miembro del Sistema Nacional de Investigadores y miembro honorífico del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA). Otros de sus títulos son las novelas Nada me falta (2014) y Umbra sumus (2020), el libro de cuentos Invasión (2008, primera parte de una serie que continúa Sus ojos son fuego), el libro para niños Buen provecho (2020) y el ensayo extenso Bad Hombres. Teorías de conspiración y narrativas de riesgo en México (2023).
DE SUS OJOS SON FUEGO
Gonzalo Soltero
14 de julio
Hay algo raro con el Sindicato, un aire de manada al acecho. A pesar de no cumplir sus funciones siempre se encuentran sumidos en un estado de febrilidad activa, dedicados en equipo a alguna tarea que no logro identificar. Tiene que ver con esa determinación maldita para meterse en mi camino y obstaculizar esta investigación. Como si Rólex se los ordenara y supieran exactamente en qué momento venir a estorbar. Es una razón más para no descuidar nunca esta bitácora, no desatenderla ni un segundo. Si cayera en sus manos no quisiera ni pensar lo que podría hacer con ella.
Algo en especial me llama la atención y no puedo evitar la ansiedad que me causa. ¿Por qué tienen los labios permanentemente en ese estado y de ese color encendido? También en los ojos se les manifiesta un deterioro y una turbiedad semejantes. La coloración tampoco es saludable. Sin duda tiene que ver con los largos recorridos que la mayoría necesita hacer para llegar aquí y el grado de contaminación al que están expuestos en el camino. Esa manera agresiva y errática de actuar debe implicar cierto grado de dipsomanía. La cantidad de tiempo con la que frecuentan su refectorio en el sótano sugiere que sean afectos a un vino de tan mala calidad que les ocasione esa pigmentación sanguínea.
Lo peor de todo es la manía de lamérselos constantemente como remedio a la sed que el vicio les deja. En vez de aliviarse la resequedad se les incrusta como una cicatriz, pues las enzimas digestivas que hay en la saliva sólo erosionan más los labios. Es un principio de autofagia y no sería raro que creara un hábito adictivo.
A Adrián se le erizó el poco vello que cubría su cuerpo. Un ligero cambio en la iluminación le indicó la llegada de alguien. Estaba en el marco de la puerta: bajo la axila apretaba un pequeño tanque de gas conectado a un mechero de Bunsen encendido en la mano derecha. La flama azulada parecía una lengua delgadísima y sedienta que se estiraba tratando de alcanzar algo que lamer. En la izquierda, su bitácora. En los labios, más amplia que nunca, la sonrisa de Rólex.
—¿Buscaba esto, doctor Ustoria?
Adrián sintió miedo, mucho más que en cualquier momento de los días anteriores. Se encontraba completamente a merced de Rólex y éste lo sabía.
—Deje eso. No sabe lo que tiene entre las manos.
—¿Ah, no? Lo sé perfectamente. Tengo lo que usted quiere —aproximó las dos manos, poniéndolas a la misma altura. La flama silbó como relamiéndose—. Lo que usted más quiere en el mundo, según ha demostrado.
—Si esa bitácora arde, nosotros pronto correremos la misma suerte. Nada podrá detener lo que viene.
—¿Y de veras cree que puede detenerlo, doctor? ¿Está haciendo un último intento por convencerme de que su trabajo sirve de algo? Me imagino que ya debe saberlo: aunque parezca imposible, alguien más está interesado en lo que usted ha escrito, y creo que voy a agilizar la entrega.
—Así que usted está detrás de todo esto.
Rólex soltó una carcajada.
—Si tan sólo supiera quién —contestó con una indiscreción que pagaría cara—. Pero dudo mucho que llegue a enterarse: usted está ya pedido y concedido.
—¿De qué habla? —Adrián buscaba ganar tiempo.
—De sus amigos del Sindicato.
—Sigo sin entender —sin mover la vista de las manos de Rólex escrutaba el piso con el rabillo del ojo. No alcanzaba a notar ningún movimiento.
—¿Hace cuanto que no ve a otro investigador por aquí, doctor Ustoria?
—Hoy. Usted mejor que nadie sabe quién.
Rólex rió. La flama le doraba la dentadura amarilla y le colocaba una sombra gigantesca a las espaldas.
—Por supuesto, pero aunque sé lo difícil que le resulta, tratemos de olvidar por un momento a la doctora Maldonado —descartó Rólex—. ¿Cuándo fue la última vez que se topó con uno? ¿Hace una semana? ¿Hace un mes?
—No tengo idea. Nadie quiere cruzarse conmigo desde que comenzó su campaña en mi contra.
Rólex lo miró con escarnio.
—Usted nunca da una, doctor. El jefe se tuvo que haber equivocado al elegirlo. La razón es muy distinta. Yo sólo supervisaba el proceso, pero me encargué de que su amigo, el doctor Morán, fuera el primero. Poco a poco a los demás también les llegó el turno de brindarnos materia prima y reconocer quién es el macho alfa de este Instituto. Ahora sólo falta usted, pero nuestro patrón quiere tratarlo distinto. Me temo que ha perdido el rumbo, así que deberé hacerme cargo. No lo tome a mal, doctor, usted mejor que nadie debería entenderlo. Hay que asegurar el dominio sobre el territorio.
Rólex puso una mano debajo de la otra. Su sonrisa reflejó el principio de la combustión, pero esa masa gaseosa se desplazó en una bengala horizontal cuando Miguelito acometió su mano derecha. A pesar de tener los dientes de la rata hincados entre el pulgar y el índice, Rólex consiguió tomar el tanque de gas con la izquierda y aplastar a Miguelito contra el piso. El mechero se había apagado con el ataque, pero una tenue luz seguía crepitando. Una esquina de la bitácora había agarrado fuego. Adrián se dispuso a saltar para extinguirla, cuando un revés del tanque lo lanzó de espaldas sobre la mesa. El golpe lo hizo ver una mancha oscura en el interior de su frente, que se agrandó hasta convertirse en el techo girando alocadamente ante sus ojos. Antes de desmayarse supuso que en cualquier momento aparecería Rólex en medio de la espiral para rematarlo.
Se incorporó perturbado. El dolor de cabeza hacía más vívido el último jirón de una pesadilla en la que una manada de ratas lo tenía cercado y comenzaban a cerrar el círculo. Abrió los párpados como si levantara dos viejas cortinas de lámina. Antes de que sus pupilas enfocaran con precisión lo que veían, pudo distinguir varios ojillos enrojecidos sobre sí. Clotilde, Herlinda, Filemón, Nava y otros sindicalizados lo rodeaban observándolo. Divertidos. Expectantes. Pasándose la lengua sobre los labios resecos.
—No hay nada qué hacer —dijo Cloti.
—Está protegido —murmuró Herli desilusionada.
—¿Protegido por quién? ¿De qué hablan? —preguntó Adrián todavía aturdido.
—El secretario ya nos había dado autorización, pero las órdenes superiores están de su lado —le dijo Nava.
—Mire, hasta le salvamos su cuadernito —agregó Herli mostrándoselo.
Tan pronto los había visto a su alrededor, la mente nublada de Adrián barajó la posibilidad de que el Sindicato tuviera a Malula, pero descartó la hipótesis cuando vio que ya tenían en su poder el rescate exigido. Para su alivio la bitácora sólo se veía chamuscada en un extremo.
—Le tuvimos que meter mano para apagarla.
—No fue a lo único, doc —se jactó Filemón y los sindicalizados prorrumpieron en una carcajada carroñera.
Por primera vez Adrián se percató del bulto rosado que había contra la pared. Era Rólex. Estaba desnudo, sentado y muy quieto. Ni siquiera hablaba. Y ni siquiera, por primera vez en su vida, sonreía. Le era físicamente imposible, pues lo habían inmovilizado con repetidas vueltas del plástico transparente que servía para sellar los frascos de solventes, envolviéndolo de los pies hasta la nuca. El único movimiento que se notaba, aparte de los bufidos que le dilataban las aletas nasales, era la tensión de sus músculos tratando inútilmente de zafarse.
—No se preocupe, es el procedimiento estándar.
—Así se suavizan.
—Ya tenemos experiencia.
—Después de tantos, ¿cómo no?
—Pero el secretario está a su disposición
—También son órdenes; pero le proponemos un cambio.
—Le damos su ratón y su cuadernito. A cambio usté nos deja a Carrillo.
—Acá nomás, de buena voluntad.
—Nos dijeron que usté decidía.
—Piense que casi se truena a su mascota, doc, pero se ve que es resistente.
—No se preocupe, los muchachos se la cuidaron.
—La curamos y la pusimos de vuelta en su lonchera.
—Ahora sí ya se puede ir a su cita.
—¿Qué dice? ¿Le parece el trato?
Adrián observó la mirada suplicante con que Rólex le imploraba desde su cautiverio.
—Hecho.
Le entregaron primero la lonchera. Tan pronto la tuvo en sus manos se dispuso a maniobrar el seguro para revisar el estado de Miguelito. Lo necesitaba despierto.
—Yo que usté no me asomaba. Después del catorrazo se ve que anda de malas.
Herli le entregó la bitácora. Adrián sacó los folios pardos de su bata.
—Miren, tiene unos de nuestros textos.
—¿Cómo le quedó el ojo? Nosotros también escribimos.
—Y aunque usted no lo crea, lo hacemos para la misma causa.
—Sólo que nosotros tenemos otro contrato.
—Ya sabe, siempre los derechos laborales por delante.
—Las prestaciones son de primera.
—Bien jugosas.
Adrián deslizó el pulgar sobre las cuartillas apergaminadas.
—¿Qué hicieron con Fran?
—¿A poco se asomó a la olla?
—¡Qué morboso!
—¿Todavía que no se la vamos a aplicar quiere saber?
—Es que es científico.
—¿Cómo le diremos? Es parte del proceso.
—Hacemos nuestra propia pulpa.
—Después de dejar la materia prima bien seca.
—Así sacamos el papel especial en el que escribimos.
—Y desde el principio tiene ya las emociones que buscamos transmitir.
—Lástima que no se puede quedar a ver el procedimiento, tiene que irse ya para su cita.
—Es muy importante —concluyó Nava con sorna.
Intercaló los folios entre las hojas de su cuaderno y lo colocó entre el pantalón y la espalda. Antes de dirigirse a la salida, Adrián lanzó una última pregunta:
—¿Si no era Rólex, quién es su patrón?
—Ya se lo dijimos antes.
—Usté es el investigador, ¿no, doc?, pues averíguëlo.
—¿Y cómo voy?
—No, pus ahora sí está que se quema.
Los sindicalizados estallaron en una risa colectiva de jadeos guturales. La lonchera vibró ligeramente en la mano de Adrián. Le pareció que Miguelito se les unía desde adentro.
Debía salir lo antes posible, no podía saber cuánto tiempo había pasado desde que Malula había llamado. Pero antes tenía una última cuenta que saldar. Se dirigió a las escaleras. Bajó al sótano y trotó hasta el refectorio del Sindicato. La olla seguía hirviendo. Le dedicó una mirada luctuosa y procedió. Se acercó al casillero de Filemón. Metió la mano y no sin algo de compasión gremial extrajo otra de las hojas pulposas. La introdujo entre el cazo y la hornilla encendida hasta que una flama indecisa mascó el margen superior, soltando un humo pesado y muy negro. Devolvió el papel llameante al casillero. La cremación no tardó en hacerse notar no sólo en las volutas untuosas sino en algunas flamas que, como el olor a chamusquina, se insinuaron primero en la curva de las rendijas, reptaron a los casilleros aledaños y treparon oscilantes por las paredes. Dentro de la lonchera la rata emitió un chillido profundo y largo, cercano a un aullido.
Al salir de ahí pasó al bioterio de Fran. Lo primero que hizo fue forzar el regulador circadiano a que marcara “día”. Las luces se encendieron de un candilazo. Ya fuera la alteración en el ciclo, el humo que comenzaba a penetrar en el animalarium, el gañido de la rata o las tres cosas juntas, los especímenes en cautiverio armaban más alharaca que nunca, saltando de un lado a otro de sus jaulas entre exclamaciones ferales.
Los contempló en silencio. La mayoría de los animales habían sido inoculados con los virus y bacterias estudiadas por las distintas líneas de investigación microbiológica del Instituto. Ninguno de ellos había comido en por lo menos dos días. A un lado distinguió la consola que controlaba las cerraduras; bajó los switchs a manotazos. Conforme las puertas se entreabrían en ráfagas cortas, los animales se pasmaban dentro de sus jaulas. Era imposible calcular cuánto tardarían en familiarizarse con el concepto de libertad.
Antes de salir rumbo a la cita, Adrián no pudo evitar subir a su laboratorio. Espió cautelosamente desde el marco de la puerta. Mientras los demás esperaban turno relamiéndose, Rólex tenía a Herli encima, lacrándole la suerte con un beso cárdeno del cual no podría desprenderse.